Saludos alegres y esperanzadores con los que le damos gracias a Dios porque recibimos la vida, el amor y ante todo tu presencia en nuestros corazones.
Ahora, nuestras labores cotidianas son el mejor regalo que te hacemos, Señor, porque tratamos de cumplir tu voluntad y la del Padre celestial.
Cada uno de nosotros tiene una vocación, un llamado para vivir la fe de una manera concreta, pero la meta de todos es la misma: la santificación. Tú nos invitas a ser santos y nos vas dando las pautas y enseñando cómo es ese camino de santidad. Todas las formas de vida nos llevan a la santidad y todas son válidas.
Pero lo más importante es que nos llamas a revisar nuestra vida de servicio y entrega, pues nuestra condición no tiene que ser impedimento, sino instrumento. Gracias, Señor, porque nos muestras un camino de felicidad y de entrega en las bienaventuranzas: ser pobres, llorar, tener hambre y sufrir el desprecio por la fe. Perdónanos, Señor, porque a ninguno nos gusta ser rechazados por los demás, ni llorar, ni ser ignorados, ni ser pobres, ni tener hambre. Pero tú nos muestras que este es el camino que nos lleva a la verdadera felicidad.
Ayúdanos a vivir con sencillez y profundidad estas bienaventuranzas y a tener un cambio de actitud. Que nuestra firmeza espiritual nos ayude a: comprender que es necesario hacer lo que tú dices, Señor —que La pobreza sea compartir la vida con los más necesitados—; a configurarnos contigo, que siendo rico te hiciste pobre; a llorar con los demás, porque también es santidad, ya que si vemos las cosas como son, seremos solidarios y nos dejaremos traspasar por el dolor y llorar siendo solidarios con los que lloran.
Somos privilegiados por lo que nos regalas, ya que podemos experimentar tu amor y tu entrega generosa y somos dichosos no por lo que poseemos, sino por lo que podemos compartir: la riqueza de nuestro corazón. Gracias, Señor, por ayudarnos a tener confianza en ti, porque sabemos que vienen momentos difíciles que a veces nos hacen dudar, pero todo lo complicado se vuelve fácil en tu presencia: lloraremos, pero luego reiremos; estaremos tristes, pero luego experimentaremos alegría; estaremos hambrientos, pero luego saciados.
Gracias, Señor, por el ejemplo y testimonio de san Pedro Claversacerdote jesuita que ejerció el sacerdocio en la misión de Colombia hasta su muerte, entre los esclavos negros, pues por voto se convirtió en “siervo de los etíopes”. El amor, el servicio y la entrega de san Pedro nos ayude a ser servidores de nuestros hermanos. Nos ponemos en tus manos. En ti confiamos y a Ti nos acogemos.
Un muy feliz y esperanzador inicio de día, cargado de mucha fe, optimismo y deseos de servicio. Y, como nos dice san Pablo: «ESTAD ALEGRES EN EL SEÑOR». Abrazos y bendiciones.
PALABRA DEL PAPA
En el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que está escrita en los corazones, ya no en la piedra; es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aun cuando ante el mundo parezca fracasada y miserable. Sólo Dios puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos (cf. vv. 3-4), porque Él es el sumo bien que se da a todos con amor infinito. Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia (cf. vv. 6. 9), porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna. Sólo en Dios encuentran alegría los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón (cf. vv. 5.7-8), porque Él es el cumplimiento de lo que esperan. En la persecución, Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad. Por eso Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» (…) De este modo, Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos. (…) las Bienaventuranzas son para nosotros una prueba de la felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan. De hecho, es “a causa de Cristo” (cf. v. 11) y gracias a Él que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos. Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción. (León XIV - Ángelus, 1 de febrero de 2026)
