Alegre y esperanzador comienzo de día el que nos regalas. Gracias, Señor, por este nuevo amanecer en el cual comenzamos nuestra jornada. Lo hacemos colocados en tus manos porque queremos cumplir la voluntad del Padre celestial y queremos cumplir tu palabra «ve y anuncia el reino de Dios». Permítenos que lo anunciemos en esperanza, en alegría y en fe. No permitas que caigamos en negativismos que nos lleven a ser publicanos: creernos justos y juzgar a los demás. Nuestras propias ideas, nuestras concepciones nos impiden ver las cosas con tus ojos. Quitarnos las propias gafas y ponernos tus gafas para verlo todo como Tú lo ves es el primer paso para sentir tu misericordia y tu amor. Podríamos preguntarnos: ¿Juzgo a los demás o los comprendo? ¿Acepto las críticas o solamente me gusta criticar? ¿Creo que la gente puede cambiar? ¿Creo que yo puedo ser mejor? Todas estas preguntas tienen una respuesta inspirada por Ti: “amar y ser amados”. Tú nos invitas a no juzgar ni creernos superiores a los demás. Sentir tu misericordia divina es motivo de alegría, da sentido a la vida y nos permite mirar a nuestros hermanos con los ojos del corazón. Por eso hay que compartir con los demás. No podemos guardarnos para nosotros la felicidad de saber que podemos comenzar de nuevo el camino, porque tú borras nuestras equivocaciones y nos permites iniciar de nuevo.
Como el pastor encuentra la oveja y se alegra, como la mujer que encuentra la moneda, permite que nos alegremos y vivamos la felicidad de sabernos tus discípulos y de mirar a nuestros hermanos con la misma mirada tuya. Amén.
Recodemos: hablar bien de todos, pensar bien de todos y hacer el bien a todos. En Alegría y felicidad, vivamos este jueves amando y sirviendo de corazón.
Palabra del Papa
El Evangelio de hoy (…) comienza con algunos que critican a Jesús, lo ven en compañía de publicanos y pecadores, y dicen con indignación: «Este acoge a los pecadores y come con ellos» (v. 2). Esta frase se revela, en realidad, como un anuncio maravilloso. Jesús acoge a los pecadores y come con ellos. Esto es lo que nos sucede, en cada misa, en cada iglesia: Jesús se alegra de acogernos en su mesa, donde se ofrece por nosotros. Esta es la frase que podríamos escribir en las puertas de nuestras iglesias: “Aquí Jesús acoge a los pecadores y los invita a su mesa”. Y el Señor, respondiendo a los que le criticaban (…) dice: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió? (v. 4) ¿Quién de vosotros? Una persona de sentido común no lo hace: hace un par de cálculos y sacrifica una para mantener las noventa y nueve. Dios, en cambio, no se resigna. Él se preocupa precisamente por ti que todavía no conoces la belleza de su amor, tú que todavía no has aceptado a Jesús en el centro de tu vida, tú que no puedes vencer tu pecado, tú que quizás no crees en el amor debido a las cosas malas que han sucedido en tu vida. En la segunda parábola, tú eres esa pequeña moneda que el Señor no se resigna a perder y busca sin cesar: quiere decirte que eres precioso a sus ojos, que eres único. Nadie puede reemplazarte en el corazón de Dios. Tú tienes un lugar, eres tú, y nadie puede reemplazarte; y yo también, nadie puede reemplazarme en el corazón de Dios. (Papa Francisco, Ángelus, 15 de septiembre de 2019)
