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14-jun.-2026, domingo de la 11.ª semana del T. O.

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha»

Por un nuevo día, que nos regalas, un nuevo amanecer y un momento de descanso para reflexionar en tu palabra y recuperar las fuerzas para iniciar esta nueva semana, llena de ilusiones de esperanzas y sueños realizables. Gracias, Señor, porque al reflexionar en tu palabra encontramos sentido a lo que tú quieres de cada uno de nosotros: que seamos discípulos de Esperanza y caridad. 

Es muy interesante la forma como empieza el Evangelio: «al ver la multitud, se compadecía de ella, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor». Tú, no tienes una mirada superficial sobre la gente, Eres capaz de reconocer el dolor escondido, la soledad disimulada y el cansancio del alma. Tú no ves números, ves personas; no ves masas, ves historias; tu compasión no se queda como un sentimiento más, se convierte en misión. por eso dices: «la mies es abundante, pero los obreros son pocos». El problema es la falta de corazones disponibles para responder.

Y así, desde la compasión, surge tu llamada y envío de tus Doce. Los envías frágiles, sin seguridades ni poder humano, una vez que tu palabra no se sostiene en estrategias, sino por medio de testigos. Pero adviertes a tus discípulos: «gratis lo recibisteis, dadlo gratis».

Nuestro mundo vive saturado de ofertas, de discursos y de ruido, pero sigue con una profunda hambre de sentido. Hoy existen muchas multitudes cansadas, personas agotadas por la prisa, heridas por relaciones rotas, desorientadas ante la vida y siguen faltando testigos que miren con compasión y se acerquen a la miseria humana.

Ser enviado no es solo para algunos, es una vocación que nos toca a todos. Ahí donde estamos —en la familia, trabajo, comunidad— hay una mies esperando. No se trata de hacer más cosas, sino de lanzar una mirada como tu mirada siempre de amor y compasión. Ahora tenemos que pedirte, Señor, que no permanezcamos indiferentes ante el sufrimiento de los demás (el sufrimiento de uno, debe ser sufrimiento de todos). Ahora es momento de preguntarnos: cuando miro a los demás, ¿veo problemas a evitar o personas que amar?

Gracias, Señor, porque al pensar y reflexionar en tu palabra, sabemos que somos pocos los obreros y que la míes es abundante. Ojalá todos pudiéramos ser verdaderos trabajadores de ilusión y esperanza, porque la míes no se puede guardar, sino que hay que repartirla abundantemente. Te alabamos te bendecimos y te damos gracias en este domingo de amor y del servicio. Amén. 

Este domingo según las costumbres de la sociedad celebramos la fiesta del padre; no una fiesta más, sino la fiesta del corazón agradecido que en todo momento expresa sentimientos de cariño hacia el jefe del hogar, el hombre abnegado y fortalecido en su amor para guiarnos por el camino del amor, del servicio y de la disponibilidad. Hoy a este hombre lleno de buenas obras y acciones le damos gracias por haber formado hogares donde junto a mamá nos enseñaron a crecer y ser hombres y mujeres de bien. Gracias, mi querido viejo, por la vida, por tu entrega y generosidad, por tu protección, sobre todo en nuestras debilidades. Un fuerte abrazo para los “alcabuelos”, que son verdaderos guardianes y cómplices de los nietos, su ternura y bondad están en sus corazones. 

PALABRA DEL PAPA

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha» (v. 2). Por un lado, Dios, como un sembrador, ha salido generosamente al mundo a sembrar y ha puesto en el corazón del hombre y de la historia el deseo de infinito, de una vida plena, de una salvación que lo libere. Por eso la mies es mucha, el Reino de Dios germina como una semilla en la tierra y los hombres y mujeres de hoy, incluso cuando parecen abrumados por tantas otras cosas, esperan una verdad más grande, buscan un sentido más pleno para su vida, desean justicia y llevan en su interior un anhelo de vida eterna. Por otra parte, son pocos los obreros que van a trabajar al campo sembrado por el Señor, y que, antes aún, son capaces de reconocer, con los ojos de Jesús, el buen grano listo para la cosecha (...) Para hacer esto no se necesitan demasiadas ideas teóricas sobre conceptos pastorales; se necesita, sobre todo, rezar al dueño de la mies. En primer lugar, pues, está la relación con el Señor, cultivar el diálogo con Él. Entonces Él nos convertirá en sus obreros y nos enviará al campo del mundo como testigos de su Reino. (León XIV - Ángelus, 6 de julio de 2025)

Él nos convertirá en sus obreros y nos enviará al campo del mundo como testigos de su Reino
ORACIÓN 

Señor, tú me sondeas y me conoces, me conoces cuando me siento o cuando me levanto, cuando grito o cuando callo, cuando sufro o cuando gozo. Me conoces cuando amo o cuando niego, cuando rezo o cuando te doy la espalda, cuando acaricio o cuando hago daño. Señor, tú crees en mí más que yo mismo. Amén. 

Reflexión 

Jesús envía a los doce Apóstoles: Juan, Santiago, Mateo, tú y yo… Es bonito cómo el Evangelio remarca que Pedro era «el primero de todos». Esta es una buena ocasión para unirme al Papa e interesarme por sus exhortaciones y discursos. ¿Qué ha dicho? ¿Cuál es el centro de su mensaje? ¿Me he preocupado por extenderlo? Nuestro buen pastor, papa Francisco, nos está llevando por los caminos de la misericordia del Padre.

Jesús vio a las multitudes como ovejas sin pastor. Y nos podemos preguntar: ¿pero no podría haber hecho algo con su omnipotencia para atender a todos sin excepción? ¿Por qué no se quedó entre nosotros para guiarlas? ¿No podría haberse multiplicado? Si nos ponemos a reflexionar, el Señor, sí ha hecho algo extraordinario para cuidar a cada persona, para atender cada alma sin excepción: nos envió su Espíritu.

Ya ha pasado la Navidad. La Pascua ya se fue. Ahora estamos en el tiempo litúrgico más largo que es el tiempo ordinario. Es el tiempo del Espíritu Santo, en el que quiere transformar cada minuto de nuestra vida cotidiana. Jesús nos lo envió para que hiciera nuestros corazones como el suyo, de forma que cada cristiano sea otro Cristo, disponible y dispuesto a amar su rebaño como Él lo haría. Jesús sí se ha multiplicado: está en la Eucaristía (claramente), y está en nosotros. Ha querido que su amor llegue a cada persona a través nuestro.

Todos somos esos apóstoles enviados. Todos tenemos la misión de ser santos y expandir el Reino. Sin embargo, hoy el Evangelio también nos invita a rezar por las vocaciones al sacerdocio, por esos elegidos que segarán el plantío del Señor, in Persona Christi.

«Cuántas veces hemos escuchado en el Evangelio esta emoción de Jesús, con esa frase que se repite: “Viendo, tuvo compasión”. Jesús no puede mirar a la gente y no sentir compasión. Sus ojos miran con el corazón; Jesús ve con sus ojos, pero ve con su corazón y es capaz de llorar. Hoy, ante un mundo que sufre tanto, ante tanta gente que sufre las consecuencias de esta pandemia, me pregunto: ¿soy capaz de llorar, como seguramente lo habría hecho Jesús y lo hace ahora? ¿Mi corazón se parece al de Jesús? Y si es demasiado duro, si bien soy capaz de hablar, de hacer el bien, de ayudar, pero mi corazón no entra, no soy capaz de llorar, debo pedir esta gracia al Señor: Señor, que yo llore contigo, que llore con tu pueblo que en este momento sufre. Muchos lloran hoy. Y nosotros, desde este altar, desde este sacrificio de Jesús, de Jesús que no se avergonzó de llorar, pedimos la gracia de llorar. Que hoy sea para todos nosotros como el domingo del llanto» (papa Francisco, homilía 20 de marzo de 2020).

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.