Hermoso amanecer de este fin de semana en el que tenemos suficientes motivos para darte gracias, porque ayer hemos celebrado tu misericordia en la fiesta de tu sagrado corazón. Hoy celebramos la memoria del corazón Inmaculado de María, la entrañable fiesta de nuestra Madre y todo su cúmulo de vivencias y sentimientos al acompañar el misterio de nuestra fe, al vivir la fidelidad en tu seguimiento de Hijo, en el encargo que recibió del Padre celestial.
Al evocar el corazón de nuestra Madre, precisamente al día siguiente de tu Sagrado corazón, nos adentramos en el misterio de tantos hermanos que viven intensamente tu seguimiento y todas sus consecuencias, muchas veces con dolor, pero siempre con confianza.
María guardaba en su corazón incluso aquello que no comprendía, aquello que le dio felicidad y angustia para que desde dentro de ella la fidelidad brotara como un perfume que la rodeó toda su vida; una intensidad de vida reflejada en cada momento hace que la fiesta de hoy nos lleve a adentrarnos en nuestra propia vida.
María es la primera discípula, la compañera de camino, el ejemplo de fidelidad y de la confianza, por eso podemos vernos reflejados en ella. No es una mujer más, es “la llena de gracia” que supo guardar en su corazón lo que cada uno de nosotros vivimos, por eso es ejemplo de vida para cada uno de nosotros.
Aunque, a veces, nos vemos sumergidos en una oscuridad que nos hace dudar, que nos hace sentir en incertidumbres, podemos mirar a nuestra madre, sabiendo que Ella, desde el nacimiento de su Hijo hasta la cruz, no se dejó arrastrar por los sucesos de su vida ni por acontecimientos que superaban su comprensión.
Gracias, Madre por tu humildad y sencillez por tu valentía y sobre todo por llevarnos en tú inmaculado corazón. Gracias, Señor, por habernos regalado como madre nuestra a la Reina del cielo, Madre tuya.
Un muy feliz fin de semana para compartirlo en familia vivirlo en unidad y armonía.
