Otro día y otro amanecer puestos en tus manos, señor, y abriendo el corazón para darte gracias por el don de la vida, de la familia, la salud y el bienestar en ese día dedicado a ti. Momento especial para abrir el corazón y pensar en tu palabra. hoy son hermosas las lecturas para pensar en perdonar y ser perdonados. El libro del Eclesiástico nos abre este camino: «rencor e ira también son detestables, el pecador los posee. El vengativo sufrirá la venganza del señor, que llevará cuenta exacta de sus pecados. Perdona la ofensa a tu prójimo y cuando regreses tus pecados serán perdonados. Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puedes esperar la curación del Señor? Si no se compadece su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados?»
Ahora pensemos en todo, en tu palabra: La pregunta de Pedro busca poner un límite: «¿Hasta siete veces?». Tú rompes esa lógica de raíz y respondes con una historia desproporcionada: diez mil talentos frente a cien denarios, una fortuna imposible frente al salario de unos meses. Pero el centro de la parábola no son las matemáticas, sino un verbo: el rey «se compadeció». No negoció, no rebajó la deuda, no exigió garantías; miró al siervo de rodillas y vio algo más que un deudor, vio su miedo y su miseria, y respondió con un perdón que no guarda proporción con nada. El rey no perdona porque el siervo vaya a pagar. Los dos saben que aquella promesa —«te lo pagaré todo»— es imposible de cumplir. Tampoco perdona porque el siervo lo merezca. Lo hace porque se compadece. Ese es el verbo decisivo de toda la parábola. Dios nunca comienza mirando nuestras cuentas; comienza mirando nuestro rostro. Antes que acreedores o deudores, somos hijos necesitados de misericordia y perdón.
Porque el perdón no nace primero de nuestro esfuerzo, sino de la contemplación de una misericordia que nos precede. Solo quien permanece en la memoria de ese amor aprende, poco a poco, a mirar al hermano con los mismos ojos con los que Dios lo ha mirado primero. ¿Nos ponemos en la situación del otro somos capaces de perdonar igual que cuando pedimos perdón? No permitas que nuestro corazón se obnubile y no seamos capaces de perdonar de corazón. Que nuestro domingo sea de compasión, teniendo en cuenta las palabras que hoy nos dices: «¿no debías tú también tener compasión de tu compañero como yo tuve compasión de ti?» Que nuestro domingo sea bello, porque hemos perdonado de corazón a quien nos ha faltado.
Palabra del Papa
«Los límites del mal los delimita la Divina Misericordia. Esto no implica que todo el mundo se salve automáticamente por la Divina Misericordia, disculpando así todo pecado, sino que Dios perdonará a todo pecador que acepte ser perdonado. Por eso, el perdón, la superación del mal, pasa por el arrepentimiento. Y si el perdón constituye el límite al mal (¡cuántas lecciones se podrían sacar de esta verdad para superar los conflictos armados!). La libertad condiciona en cierto modo a la Divina Misericordia. Dios, en efecto, arriesgó mucho al crear al hombre libre. Arriesgó que rechace su amor y que sea capaz, negando en realidad la verdad más honda de su libertad, de matar y pisotear a su hermano. Y pagó el precio más terrible, el sacrificio de su único Hijo. Somos el riesgo de Dios. Pero un riesgo que se supera con el poder infinito de la Divina Misericordia» (Benedicto XVI, 30 de abril de 2011).
